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De grandes penas y grandes alegrías.

lunes, 24 de febrero de 2014

Una habitación silenciosa.

Empatía. Sensibilidad. Información. Hasta que, dado que el mundo en el que vivimos está lleno de dolor de muchos tipos, se va haciendo más difícil sentir esa alegría genuina e inocente que en tiempos era accesible. Se puede ser alegre, sonreír, estar animado y animoso, pero parece que ahora es más bien a golpe de voluntad. 

Hoy vi en la televisión a una señora que busca justicia. Cuenta cómo sacaron de su casa a su padre y a su hermana de 14 años. A él le fusilaron, a ella la violaron y luego también la mataron. Han pasado más de ochenta años. Dolor, dolor, penas. Tantas y tan profundas que si llorásemos cada una como se merece, tendríamos que llorar miles de años. 

Hay que intentar ser optimista, seguir contándole cuentos bonitos a nuestros hijos y creer que en el fondo, ser buena persona sirve para algo en esta mierda de mundo. Yo lo hago, aunque hay días que no sé ni cómo. Ya de niño era demasiado reflexivo y parecía melancólico, cosa que en un crío resulta hasta graciosa, porque me olía ese dolor del mundo. Ahora que ya lo he experimentado y que sobre todo he sufrido viendo como se maltrata a seres queridos, peor se me pone. 

Nunca fui insensible, pero cierto tipo de ignorancia me lo ponía más fácil. Y envidio esa ignorancia que a veces veo incluso en gente de mi edad o mayores, que aún no se han encontrado a la bicha. A la vez, ese lamentable conocimiento es la posesión que hace que me agrade mucho más la compañía de unas personas u otras. Se me hace difícil compartir y disfrutar de la compañía de los que flotan, sobrevolando las miserias del mundo en su nubecilla. Quizá sea pura envidia.

Como fuere, hay días que me gustaría estar en esa habitación donde se dice que nadie aguanta ni una hora por la ausencia de ruido.

Meterse ahí y volver a creer que todo está bien. Y no digo mi vida, que está bien. Digo todo.



























Chris Nurse (Wellcome Images).