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De grandes penas y grandes alegrías.

viernes, 11 de octubre de 2013

La densidad de las tetas.


Lo leí hace muchos años, cuando era un niño que se empezaba a rascar barba. Un centímetro cúbico, una cucharadita de una estrella de neutrones, pesa unos cien millones de toneladas. O sea, la masa de un millón de ballenas azules (ojalá las hubiese) comprimida dentro de un dedal. O de todos los chinos. Eso me recuerda algo que una vez hablé con un buen amigo, que me dijo que estábamos vacíos. Se refería a que las partículas que nos forman están tan separadas que lo que impide que nos podamos fundir al hacer el amor o al cruzarnos en una acera no es que choque nuestra materia con la del vecino, sino la energía. Es algo que se estudia en primaria, pero como con tantas cosas es muy diferente saber algo e interiorizarlo. Estamos acostumbrados a pensar en nosotros como en algo compacto, lleno. Comparados con algo realmente apretadillo, como un púlsar, estamos vacíos. Expandidos. Y añadiría: unos más que otros.

Va a ser complicado por muchos motivos, desgraciadamente; pero me encantaría intentar levantar ese centímetro cúbico y recordar así qué poco conscientes somos de cuánto se ha aprendido sobre cómo es la realidad. De cómo, siendo animales, vemos lo que nos es útil, una representación parcial, imperfecta y funcional de cómo son las cosas. Tenemos al alcance conocimientos por los que Aristóteles, Newton o Brahe seguramente hubiesen vendido su alma. A veces pienso que hemos perdido algo de la capacidad de maravilla, porque muchas de estas cosas me las comento a mí mismo; por fuera, parece resultar más divertido hablar de fútbol o de tetas, despellejar al vecino, o cotillear. Que también está bien, pero todo cansa.

Menos mal que aún hay quien me aguanta, y con quien de vez en cuando puedo maravillarme de esas cosas.

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