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De grandes penas y grandes alegrías.

viernes, 4 de octubre de 2013

Andamán.

En el 2010 murió la última hablante de un idioma.  Cientos de lenguas han desaparecido en la historia de la humanidad, por la espada, la imposición y el genocidio. Pero en esta era de internet y globalización, es sangrante asistir al languidecimiento de una cultura, a la muerte lenta de un idioma que ningún niño aprenderá. Lo que ha hecho notoria a esta persona es que hablaba un idioma que se extingue en nuestros tiempos. Así presentada, la historia toma flecos como de mujer elefante o barbuda, fíjense, esta señora habla un idioma que nadie más conoce ya. En vez de ser el triste acto final de siglos de injusticias, parece una noticia del tipo: señora se muere golpeada por excrementos caninos (parece ser que el hecho ocurrió de verdad en Vishy, Suecia, al congelarse unos excrementos de San Bernardo que cayeron de un balcón). No sé si me explico.

Ese idioma ya estaba muerto antes de que muriese esta señora. Lo matamos entre todos, en este caso nuestros amigos ingleses con su buen rollito civilizador llevaron la espada hasta allá; varias fuentes citan que para que se dejasen de hablar estas lenguas, que a ellos les sonarían ásperas, metían a los niños en “instituciones” donde se les civilizaba. Curiosamente, los niños se morían a montones. Algo como lo del aye-aye, que se muere en cautividad y pierde sus hermosos colores. Pero la culpa es de todos los que permitimos por acción u omisión que se trate injustamente a nuestros semejantes, lo cual incluye manifestaciones culturales y por supuesto, un idioma. Hay dos cosas que me fastidian enormemente; que se cause sufrimiento, y que se pierda la diversidad.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Fantástica tú reflexión!!

Fran dijo...

Ese adjetivo... esa tilde... no sé, no sé. Qué poco anónimo!! :)

Gracias A.