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De grandes penas y grandes alegrías.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Fisiología.

Bien sabe el azar cósmico que siempre he vivido inmerso en música. Pero el viernes pasado asistí a un fenómeno extraño. En un concierto de Wim Mertens, en un momento en que sólo hablaba su piano con el auditorio, interpretó una pieza que yo no conocía. El concierto fue especial, pero lo de esa canción no tiene nombre. Sólo sé que la congoja y la belleza que transmitía la canción se metía en el pecho y allí estrujaba cosas, y alteraba el pulso y el ritmo cardíaco. No es la primera vez que una canción llega y mueve cosas por dentro, ni mucho menos. Ocurre a menudo con muchas canciones que han sido banda sonora de una vida. Pero creo que jamás algo que antes no había escuchado afectó tanto, con tanta intensidad y por sorpresa.  Entre piezas más alegres y movidas, aquello fue lo mejor de la noche. Recuerdo mirar a mi derecha, afectado, suspirando profundamente para sacudirme una parte de aquello, y vi a un señor de unos sesenta años haciendo exactamente lo mismo, suspirando y con algo parecido asomando en los ojos.


En esos momentos me sentí privilegiado por estar allí. Y la verdad, es una sensación que he sentido algunas (bastantes) veces, no siempre en relación con la música, de hecho casi siempre en relación con otro ámbito estupendo de la vida. Y me sentí agradecido a ese señor bajito y con aire tímido y ocupado. Y al señor que hizo su piano. Y al arquitecto del auditorio, y al primer mono que bajó del árbol. Para un misántropo redomado, esos momentos no tienen precio.