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De grandes penas y grandes alegrías.

martes, 26 de febrero de 2013

Murciélagos.

Érase un hombre al que cada vez que salía a pasear en el crepúsculo, con su gran perro Ciro, un murciélago le acompañaba dando vueltas a su alrededor, durante años. Nunca supo si era el mismo o no, son pequeños mamíferos muy rápidos... y esquivos!

El hombre se cambió de casa, pero otra vez, cuando estaba solo en el jardín cuando el sol se pone, un murciélago solía rondarle en sus caminatas. Cuando tuvo un hijo, como en los paseos ya estaba presente el pequeño, el murciélago sólo aparecía fugazmente a lo lejos. Cada vez el padre le decía al hijo, susurrando:

-Un morcego! Mira: é pequeno, oscuro, e só sae de noite.

El hijo repetía, de forma casi ininteligible, y susurrando también:

-O mocego... epepeno, oscuro, d´note.

Pero nunca lo veía. Así, cada vez que hablaba del murciélago parecía que pensase en un ser mitológico, como el ratón que vive encima de su casa y al que nunca ve, o su abuelo que ya no está entre nosotros.

Otra vez apareció fugazmente haciendo sus quiebros en la esquina de la finca. Y el padre dijo: morcego! El pequeño esta vez no pareció resignarse, por algo ya tiene tres años. Y dijo:

-Hai que buscalo!

El padre contestó que era difícil, que ya no estaba, pero aún así los dos fueron hacia el río, caminando ya medio a oscuras, saltando por encima de troncos caídos. Cuando se pararon en un claro y el hombre se daba la vuelta para convencer al pequeño de que esta vez no habría suerte, un murciélago comenzó a dar vueltas a su alrededor, pasando a centímetros de sus caras. Caras llenas de alegría que aumentó cuando otro  murciélago más se unió y los dos estuvieron danzando, recortados contra el rojo del crepúsculo, creando arabescos y quiebros en el aire alrededor de los dos humanos. Y así estuvieron cinco minutos, girando uno alrededor del otro como Eve y Wall-E en el espacio exterior, hasta que se marcharon, y padre e hijo se fueron contentos hacia la bañera y su cena. Seguramente, los dos sintiéndose agradecidos.

viernes, 1 de febrero de 2013

Buscando melodías.

El otro día me recomendaron a un tipo que hace música electrónica. La verdad es que aunque digo que escucho de todo, no es cierto; apenas he oído música de ese estilo, no sé diferenciar sus subgéneros y en general nunca me ha atraído demasiado. Pero me gusta escuchar cosas nuevas, así que me puse una canción y aunque el envoltorio no me decía mucho, la melodía sí que me dijo algo, y al final, una vez acostumbrado el oído a sonidos que normalmente no me entusiasman, me enganchó eso que no depende de que uses un bajo, un teclado o un banjo, ni del tempo, ni del productor, algo mucho más basal y más relacionado con cómo somos y qué sentimos. También es verdad que por casualidad, la cantaba una de mis cantantes favoritas que (sorprendentemente, para mí) colaboró con el tipo este. El caso es que aunque tengo bastante definido qué tipo de música me gusta, me sorprende incorporar en mi banda sonora canciones del pop más comercial, o músicas tribales, o temas de los que casi te da verguenza hablar como el Jesucristo Superstar del amigo Sexto; y ahora también música electrónica, y todo porque la melodía que subyace me dice algo y me llega.

Poco después, en otra conversación memorable mientras tomábamos un café y escuchábamos música electrónica, hablando con mi amiga filósofa intentaba decirle cómo es que a veces me han impactado muchísimo personas que en principio no tienen nada que ver conmigo. Todo es confuso en esos términos, porque no se trata de flechazo, no se trata de andar con un test marcando las coincidencias y las supuestas virtudes y compatibilidades. Supongo que no supe explicarme bien, porque hablaba de sentimientos y eso no siempre es fácil. 

Creo que cuando conozco a alguien intento escuchar su melodía. Cómo venga envuelta me puede gustar mucho o poco, pero al final y comparado con el impacto de recibir esas sensaciones y con el despertar de sentimientos, que venga con teclado o guitarra distorsionada es trivial.