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De grandes penas y grandes alegrías.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Crítica musical y una moraleja para mí mismo.

Kamelot es uno de mis grupos favoritos. Hacen un metal emotivo, lleno de significado, noble, difícil de clasificar. Y Roy Khan ha sido su cantante durante mucho tiempo, convirtiéndose en una referencia y un disfrute para muchos de aquellos a quienes nos gusta este tipo de música. Su modo de cantar, serio; su voz llena de matices y de fuerza, y su estilo personal le dieron a Kamelot algo muy especial, y con su asociación el grupo pasó de ser una buena banda de power metal a ser algo mucho mayor, algo que mucha gente en todo el mundo reconoció como un proyecto musical de los que cambian algunas cosas.

Les seguí atentamente durante años, les vi en directo hace un tiempo y sin duda me alegra enormemente haberlo hecho: no puedo ver a Bathory porque tendría que hacerlo en el más allá. Mataría por ver en directo a la formación de Tristania que hizo Beyond the Veil, el mejor álbum de la historia para este disfrutador de la música, pero a menos que se deshagan los años y las madejas, no podrá ser. Los Fleetwood Mac de estos últimos tiempos me parecen más una reunión de snobs prejubilados que el grupo destrozado por conflictos y desamores que hizo algunas de las canciones que más me han ayudado, marcado y emocionado en mi vida. Pero pude ver a Kamelot con Roy Khan, y me alegro. Los que me conocen saben que no soy nada mitómano. Me parece una estupidez serlo, pero sí hay personas que admiro en su aspecto creativo o profesional, y este grupo y este cantante forman parte de ese grupo.
El caso es que cuando me enteré que Roy dejaba el grupo, me enfadé. Es estúpido e infantil, pero me enfadé con ellos. Estoy cansado de que mis grupos favoritos, y el mío propio, cambien más de personas que un niño de juguete favorito. Ni siquiera miré quién era el nuevo cantante. Sacaron nuevo disco y no quise ni oírlo. Era, otra vez, una buena etapa, algo especial, que se había acabado. Y lo asumí así, con un remoto rencor hacia quien quiera que fuese el responsable.

Ayer, por algún motivo que no sabría identificar, decidí que escucharía el nuevo disco, esperando unas composiciones sin la magia de antaño, una voz que lo único que haría sería intentar llenar el vacío dejado por otra. 


El disco es maravilloso. La voz de Tommy Karevik no es la de Khan, pero es absolutamente parecida y definitivamente distinta, y empasta tan bien con las excelentes melodías que consigue, increíblemente, que solo añore la de Roy porque no es la suya. Los teclados de Palotai y la sección rítmica son, para mí, los mejores de la historia de los álbumes de Kamelot.

Cuando comprendí mi error, busqué el motivo de por qué Khan dejó la banda. Leí una carta que escribió para nosotros, las personas que le admiramos y le apoyamos. No dice el porqué, aunque según parece sufrió una degradación de su voz que le impedía cantar como lo hacía en los mejores tiempos. También tuvo un hijo hace poco, al que le dedicó en el concierto que yo vi la maravillosa Anthem. Y está feliz y sano con su familia en su Noruega natal. Me sentí estúpidamente culpable. Algo que fue bueno puede añorarse, pero somos increíblemente estúpidos si dejamos que eso nos impida disfrutar de lo bueno que la vida nos trae. Y al discurrir el día, comprendí que no estoy hablando de música.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Hablando de dioses y de monstruos. María Santos Gorrostieta o los niños egipcios.


A veces pienso en no ver más periódicos, ni más telediarios. El resto de la humanidad, así en plan noticia, casi no me dais más que disgustos.
Cincuenta niños muertos en Egipto porque su autobús se cruzó con un tren. El cadáver de una exconcejala en México, según parece porque plantó cara a los cárteles del narcotráfico, apareció con evidencias de tortura. Según el diario El País, había sufrido ya dos atentados, y estaba sola, amenazada y sin escolta. 
Estas noticias me recuerdan cómo acaban casi todas mis discusiones teológicas con cualquier persona que crea en esos dioses que nos pintan las religiones mayoritarias. Yo no puedo averiguar si existe o no ese dios omnipotente y omnisciente, pero de lo que no me cabe ninguna duda es de que si existe, es un tipo con el que no me atrae mucho tener nada que ver. Como dice Rodríguez, ese dios que hace eternas las almas de los niños destrozados por el napalm.
Lo que sí me atrae son esas personas valientes que plantan cara a las injusticias, los héroes de hoy en día. Los de verdad.   

Quizá tú fueses profundamente religiosa. Puede que me repateasen tus opiniones o tu forma de ser. Esto no es un libro de los que me gustan, donde los malos lo son por gusto y oficio y los buenos son admirables. Sea como fuere, nadie merece morir de ese modo en una lucha tan sucia, y menos por defender aquello en lo que cree con coraje. Ojalá descanses en paz, María.



martes, 13 de noviembre de 2012

Tráfico.

Salía del supermercado. Un tipo cruzó el aparcamiento de mala manera, quemando neumático. No nos la pegamos porque frené, a pesar de ir por donde alguien pensó y señalizó que los autos deben ir en ese aparcamiento. Me quedé mirando boquiabierto, con un cigarro colgando del labio inferior, por la desfachatez del tipo. Que además levantó la mano en plan "uy, perdón", como si no me hubiese visto hasta ese momento en que hinqué freno. Valoré si hacer una escena en plan Un día de furia pero decidí que no, que todavía no, que antes de que me maten a palos todavía me gustaría hacer unas cuantas cosas. Pero sí que pensé algunas escenas bastante truculentas en las que le enseñaba su propia mano al tipo, a cierta distancia, diciendo "uy, perdón".

Poco después, conduciendo de nuevo con la misma prisa que antes o más, otro tipo, este mayor y con cara de haberse animado para la tarde de trabajo con unas cuantas tazas de vino, hizo un viraje en un cruce. Y fue tan estético y propio de un circuito de competición que me volvió a dejar boquiabierto, pasando con donaire a diez centímetros del morro de mi coche y saltándose la servidumbre de paso, y mirándome en plan: "flipa, qué caña". Otra vez pensé cosas tipo Holocausto caníbal. Iba tan concentrado imaginando las áridas planicies del dolor ajeno, que me di cuenta, avergonzado, de que me había saltado un paso de cebra medio borrado donde un señor esperaba para cruzar. Levanté la mano y dije "perdón". Vi por el retrovisor como él movía la cabeza, supongo que pensando que al tipo del coche con música demoníaca había que hacerle algo poco agradable.