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De grandes penas y grandes alegrías.

lunes, 2 de abril de 2012

El amor es triste.

Hace unos veinte años, en la plaza de la Quintana, estaban sentados un niñato de 19 años y uno de esos personajes que algunos llamarían hippies, otros llamarían mendigos, o vividores alternativos, o "sin techo", y que yo no sé como llamar porque no me parecen un grupo, sino personas con vidas muy diferentes, quizá porque conocí a unos cuantos bastante bien.
La discusión empezó cuando el joven dijo que el amor, el auténtico amor es triste. Dulcemente triste. Maravilloso, pero triste.
El hippy (me he quedado con esta por la pinta del fulano y su sempiterna sonrisa floreada) dijo que no. Que el amor era hermoso, y alegría. Y libre, el amor es libre; decía, mientras miraba a la novia del niñato con ojos llenos de algo que no era amor.

La discusión llegó a hacerse intensa, y al final el hippy que rondaba los cuarenta le dijo al niñato: qué sabrás tú, que eres muy joven.

Señor hippy, el niñato ya ronda los cuarenta tambíén y sigue pensando lo mismo. Quizá siga equivocado, pero sigue pensando que de tan intenso y causa de saberse perdurable, sea por que se acaba, porque se muere él o su portador, por el fin del universo, o por la misma duda de que la eternidad exista, el jodido es triste. Maravilloso, pero dulcemente triste!


1 comentario:

Anónimo dijo...

q bonito..como un caramelo...dulce mientra dura, pero jamás eterno!