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De grandes penas y grandes alegrías.

viernes, 27 de abril de 2012

Trabajo en equipo.


Según la tecnología Belvin, desarrollada para encuadrar los roles que desenvolvemos cuando toca trabajar en equipo según nuestra autopercepción y sobre todo la evaluación de compañeros de trabajo, soy un Monitor-Evaluador, con Cerebro y Coordinador como segundos roles.

En principio me quedé casi como estaba. Monitor-evaluador. Vale. Hasta que la formadora que nos dio el curso intensivo dijo algunas de sus características, y el nombre "alternativo". Monitor-evaluador, también conocido como mosca cojonera.

Ahí me vi. Da gusto cuando algo consigue acertar más que un horóscopo. Ni que decir tiene que Laura, que también asistía al curso y tiene la desgracia de sufrirme como supervisor, no sólo se mostró plenamente de acuerdo sino que demostró ser capaz de anticipar el resultado. Y sonreía.

jueves, 26 de abril de 2012

Tiempo.



El otro día pensaba en cuántas cosas me han pasado en estos últimos veinte años. Así, a saco. Veinte años. Más o menos desde que comenzó mi vida adulta. Desde que aquél gañán melenudo y lleno de burda poesía comenzó a pisotear los Reinos. Siempre pensé que moriría joven, porque nunca supe vivir cuidándome ni despacio. Pero ahora no quiero, vaya. Solicito una prórroga. Se me acumulan los libros por leer. Con la música voy bien, y las películas las llevo al día. Teatro... hace eones que no voy. Conciertos, pocos, aunque acabo de ver a Xandria y a Épica haciéndolo maravillosamente bien. Se me acumulan páginas que no escribo, aunque las ideas siguen asaltándome. Las melodías también salen y se van de puntillas. Tengo muchos vinos pendientes con personas que quiero. Seguimos ensayando una vez a la semana pero tampoco aprendo nada nuevo. Tengo un videojuego que me sorbe el cerebro, cursos, clases, trabajo, amistades por cultivar y un montón de cosas que poner en práctica. Y un minipaladín al que adoro y con el que el tiempo, más que nunca, vuela.
Necesito más tiempo. Se lo robo al sueño, al trabajo, a los recuerdos. A soñar, imperdonable. Necesito tiempo para escribir, para jugar, para amar y pelear. Querido meteorito, espera. Vale?

miércoles, 11 de abril de 2012

Oligarquía.

A veces, cada vez más, siento que vivimos en una oligarquía caciquil donde los honestos y los buenos lo tienen difícil para prosperar. Se mantiene con escuelas privadas, sanidad privada, fiestas privadas, clubes privados, nepotismo, corporativismo, amiguismo, y sobretodo con la estupidez de los que la consentimos.

Muchos, además de consentirla en las altas esferas, participan de los despojos. Cuando apruebas a la hija de tu amigo, cuando hablas con el tipo que conoces del tribunal de la oposición de fulano, cuando pides que te cuelen en el oftalmólogo a la administrativa vecina, sólo haces lo mismo a la pequeña escala que se permite a los cuidadanos de a pie. Pero es la misma mierda.

Yo sigo admirando a quien renuncia a esas miserias, aunque al final el hijo quede sin una educación decente, el oftalmólogo ya sólo llegue a tiempo de poner un parche, y las oposiciones sean un fracaso. Sigo admirando al ciudadano moral, honesto y trabajador, que cree en lo público y en el estado aunque reconozca que lo que tenemos no es más que una pantomima patética. Y cuantos menos quedan, más les admiro.

lunes, 2 de abril de 2012

El amor es triste.

Hace unos veinte años, en la plaza de la Quintana, estaban sentados un niñato de 19 años y uno de esos personajes que algunos llamarían hippies, otros llamarían mendigos, o vividores alternativos, o "sin techo", y que yo no sé como llamar porque no me parecen un grupo, sino personas con vidas muy diferentes, quizá porque conocí a unos cuantos bastante bien.
La discusión empezó cuando el joven dijo que el amor, el auténtico amor es triste. Dulcemente triste. Maravilloso, pero triste.
El hippy (me he quedado con esta por la pinta del fulano y su sempiterna sonrisa floreada) dijo que no. Que el amor era hermoso, y alegría. Y libre, el amor es libre; decía, mientras miraba a la novia del niñato con ojos llenos de algo que no era amor.

La discusión llegó a hacerse intensa, y al final el hippy que rondaba los cuarenta le dijo al niñato: qué sabrás tú, que eres muy joven.

Señor hippy, el niñato ya ronda los cuarenta tambíén y sigue pensando lo mismo. Quizá siga equivocado, pero sigue pensando que de tan intenso y causa de saberse perdurable, sea por que se acaba, porque se muere él o su portador, por el fin del universo, o por la misma duda de que la eternidad exista, el jodido es triste. Maravilloso, pero dulcemente triste!