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lunes, 6 de febrero de 2012

Vikingo.

A furare normannorum libera nos Domine (De la furia de los hombres del norte líbranos, Señor).

Hace ya unos años estaba yo tomando una cerveza en el medio de otras muchas, en esa fase en que la conversación adopta nuevas vías gracias el alcohol, pero todavía es conexa e incluso más atrevida y precisa que en la sobriedad absoluta. Impulsados por su pareja, mi gran amigo desde hace eones y yo comenzamos a ponernos verdes en un pretendido psicoanálisis etílico. Yo estaba perorando sobre cualquier gilipollez, cuando de pronto mi amigo me cortó de raíz y me dijo:


-Ti o que es e moi vikingo.
-¿Qué queres dicir?
-Iso, non sei como explicalo. Vikingo.
Me quedé mirándolo un rato, vi que ella asentía. Vikingo. Al día siguiente, de milagro, recordé la frase. Mi mejor amigo no suele hablar por hablar, y me puse a pensar qué coño quería decir que yo sea muy vikingo. Históricamente, me siento desde luego más cerca de los gallegos que se enfrentaron a ellos una y otra vez, casi siempre echándolos al mar después de duras batallas; si hubiese un Hollywood por aquí ya habría unas cuantas películas sobre el tema, mostrando hileras e hileras de longships vomitando escandinavos en nuestras costas. O sea que por eso, por admiración histrórica, no es. Soy un poco bárbaro y a veces, en confianza, algo bocazas, pero nada comparado con mucha otra gente. Eso no. No puede ser por violento, porque aunque tenga mi agresividad, procuro no usar jamás la violencia si se puede evitar. Por alto y rubio, tampoco va a ser. Aunque él descubrió cuando éramos unos críos a Bathory http://es.wikipedia.org/wiki/Bathory y ambos adoramos su etapa de Viking Metal, tampoco va a ser eso. ¿Entonces qué?


Recuerdo estar en casa. Había una bolsa de algo, cacahuetes, o patatas fritas. Sé que aquél detalle me hizo entender algo. Porque la agarré con las dos manos, tiré, y la bolsa resistió. Bien, hay que ser muy gilipollas, pero recuerdo que me pasé como tres minutos sin exagerar tironeando, gruñendo, como si me estuviese peleando con un oso polar, hasta que se me perló la frente de sudor, casi me desgarro los músculos del antebrazo; no recuerdo si al final me rendí exhausto después de morder y arañar, o la abrí. Esto siempre es así. Yo no voy a buscar unas tijeras; prefiero romperme los tendones y perder media hora. ¿Por qué? No lo sé.
Cuando vuelvo del supermercado con 34 bolsas, yo no puedo hacer dos viajes desde el coche. Así me destroce la espalda, o avance a velocidad de caracol sepultado bajo litros de leche y bolsas de gusanitos y cervezas. Un viaje.
Cuando tengo modorra o sopor, me pego. Me recuerdo haciéndome alguna barbaridad a mí mismo con un cubito de hielo, unas tijeras y un Nolotil. Si hay que comer, es como si llevase un año sin comer, cuando se bebe, se bebe en serio, nada de bromas.
En base a observar mi comportamiento unos días, fui comprendiendo. Conozco los subterfugios, la retirada a tiempo, la doble moral, el engaño, el soborno, la espera, la paciencia, la contención, el oportunismo, la demagogia, el veneno, sé meter cizaña, minar cimientos, pulir aristas, etc, etc. Pero aunque para los placeres y las aficiones sea retorcido, ecléctico, con mi punto sofista y diplomático, en el combate, sea con una bolsa de cacahuetes o con una enfermedad, con un pollo asado, sea una discusión de tráfico o un problema amoroso, no suelo hacerlo. En el combate con la vida soy vikingo. Lo normal, es que tire de hacha danesa, de correr colina arriba, y de cabeza contra el castillo. Si gano, genial, y si no, me quedo magullado. ¿Armadura? ¿Estrategia? No. Pero con el gusto de ser, en algo, por una vez, cojonudamente simple y vikingo.


Grazas amigo.

2 comentarios:

Logan y Lory dijo...

Quizá por eso a mi (Lory) de muy niña me atraían tanto aquellas películas de vikingos de aspecto sanguinario y feroz con los que me sentía identificada, no en su presencia sanguinaria sino en la tenacidad de su lucha. Me gusta ese rasgo del carácter vikingo (o por las buenas o por las malas)

Un Abrazo doble y el gusto de volver a leerte.

Fran dijo...

Abrazo doble de vuelta. El gusto es mío, frase hecha pero sentida en este caso.