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De grandes penas y grandes alegrías.

viernes, 20 de enero de 2012

Una estampa familiar.

Eso, un ser eterno, un alienígena que a nuestros ojos mortales bien podría ser un ángel o un dios, se acercó mentalmente a ella, que podría ser una especie de mente incorpórea. Ella, si el femenino tiene sentido, llevaba media eternidad en ningún lugar, consciente y etérea, como espectadora automática las formas de vida que pueblan el universo.

Él le dijo: tú, que llevas ciclos estelares existiendo sin vivir, como una mente pensante pero incapaz de sentir nada. Una vez viviste en carne, ¿recuerdas?

Claro que recuerdo, pensó ella, sin interrumpirle. Le recuerdo a él, aquél bosque, los reflejos.

Tu especie se extinguió hace eones -siguió el ángel-mago-alienígena-. Tu interés se apaga, y con él tu consciencia. Como premio, o castigo, a toda esta eternidad insulsa, te concedo tres segundos de vida real. Quizá eso te reanime, quizá te suma en el nadir. Es una aberración que te permita esto, pero lo haré por ti, pues sé lo que mora en tu interior. Escucha: podrás entrar en el cuerpo de la criatura que elijas, de cualquier sección de la realidad. Podrás estar hecha de átomos en la misma medida que ellos, interaccionar con las fuerzas y energías del universo como las vidas inferiores. Serás esclava del tiempo de los átomos, tres segundos de vida. Luego volverás a tu retiro puramente mental. Elige pronto. 
Ella no podía alegrarse pues en su mente, cuántica y límpida, no había lugar ni posibilidad para las emociones. El interés fue un remoto placer intelectual. Iba a sentir, a sentir la vida. Por un instante. No dudó respecto al tipo de criatura; eran lastimosos en muchos sentidos pero muy capaces de sentir. Con su mente capaz de analizar y observar simultáneamente medio cosmos, no tardó en elegir el momento y la situación. Se parecía a cuando ella había vivido en carne; eran otros cuerpos, extraños para ella; otra química molecular; pero algo inmutable que ella anhelaba estaba allí. Quizá aquellas extrañas criaturas, como había ocurrido con sus propios congéneres, se extinguirían en un par de ciclos. Tendría que elegir bien; luego quedaría otra eternidad para saborear, melancólica e intelectualmente, aquel momento especial.
Susana se desperezó en el sofá, con una sensación extraña, como si de pronto alguien hubiese entrado en su cuerpo. Apartó ese pensamiento extraño como quien espanta una mosca, se desperezó y siguió haciendo cosquillas a su pequeño, que remoloneaba en su regazo del mismo modo que ella se apoyaba en el hombro del padre del pequeño.

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