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De grandes penas y grandes alegrías.

martes, 24 de enero de 2012

Descanso eterno.

Este domingo fui a un entierro. Y mi tía, en el típico corrillo que se crea esperando a la comitiva, dijo algo que me impactó. Siempre aparenta estar de buen humor, fuerte y resignada ante los embates de la vida; pero en determinado momento comentó:
-Pues yo espero que no haya nada después.
Todos pusimos cara de sorpresa, y alguien preguntó: 
-Después? Qué quieres decir? 
-Ni cielo, ni infierno, ni nada de nada. Nada. Para qué. 
Mi tía es una mujer mayor, de familia humilde, poca lectura y menos metafísica; juraría que no es devaneo filosófico. Es puro cansancio. La miré y dije:
-El auténtico descanso eterno.
-Sí -contestó ella con cara pícara. 

Aunque sabe de mi carácter, me quiere. Habla tanto que a veces me agota, pero esa frase, ese comentario, me provocaron una gran ternura y ganas de abrazarla. Por cierto que lo hice poco después; uno aprende a no guardarse abrazos para cuando es demasiado tarde

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