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De grandes penas y grandes alegrías.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Amakudari.



Siempre me ha caído bien el Japón. He conocido a unos cuantos japoneses, y me parecen tan llenos de complejos, extrañas manías y vicios de la personalidad como yo mismo. Sólo que en su caso, parecen compartir esas cosas entre los millones de japoneses apiñados, y sin embargo yo en mi tierra soy un perro verde. 
Me cae bien un país, sí. Los japoneses que conocí también me cayeron bien, la mayoría, sobretodo después de beber. Su sociedad parece una abigarrada mezcla de lo nuevo y lo viejo, sin cohabitación sana ni fácil. En cualquier caso, aunque el Japón no me cayese simpático, menuda putada lo de Fukushima. Maldito amakudari, maldito nepotismo el de aquí, maldito corporativismo. Quizá algún día el ser humano aprenda a depositar su lealtad y admiración en aquello que lo merece y no dejarse engañar por la edad, por la apariencia de sabiduría, por la posición social y los capitales, por la belleza física. El mundo está lleno de héroes, de buena gente, trabajadora y amable, que no genera problemas sino soluciones. Son conductores de autobús, son policías, mendigos, prostitutas, parados, niños, viejas, profesores y cajeros; difícilmente encontrarás a uno en un gabinete de ministros o en el consejo de administración de una gran empresa como TEPCO. Lástima.


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